Rehabilitación de adictos, entre la fe y la medicina

Para Cristian Joel Cartagena Matute, un joven de 22 años de edad, es posible alejarse de las drogas si se tiene la motivación y el tratamiento adecuado.

Comenzó a consumir marihuana y alcohol siendo tan solo un adolescente de 14 años.Casi todo el mundo te mira mal cuando uno anda perdido en el vicio, la gente piensa que somos malas personas”, comenta.

Cristian Cartagena es uno de los rehabilitados en casa de apoyo Enmanuel, un centro evangélico privado, en el municipio de Santa Rosa de Copán, a 157 kilómetros de San Pedro Sula.

“Yo estuve en un programa de seis meses y mi vida fue totalmente transformada con la ayuda de Jesucristo, entonces he dejado los vicios hace dos años. Ahora los ayudo dándoles terapias, leyéndoles la Biblia y aconsejándoles. Yo paso con ellos día y noche”, manifiesta este joven originario de la ciudad de La Ceiba, a 191 kilómetros al este de San Pedro Sula.

Antes le daba dolores de cabeza a su familia, expresa. “Cuando les contaban: ‘allá vi a su hijo que iba con un equipo de sonido a venderlo’ o ‘mire que su hijo estaba botado en la calle’. Pienso que ellos sentían vergüenza. Ahora ellos me dicen que son los padres más felices del mundo debido a que he cambiado. Gracias a Dios que me ha dado una nueva oportunidad para seguir adelante y transformar mi vida. Sí hay esperanza y sí se pueden dejar las drogas, la palabra imposible para Dios no existe”.

 Casa Enmanuel

Esta casa hogar nació en Santa Rosa de Copán, a cuatro horas de San Pedro Sula, por iniciativa de Froylán Pacheco, quien ahora es un pastor evangélico, pero antes conoció el infierno de las drogas durante 28 años.

A los 15 años de edad inició su adicción usando crack en Estados Unidos y estuvo 10 años perdido en las calles de Los Ángeles. “Fue difícil para mí. Un día reconocí que tenía que buscar ayuda porque ya estaba prácticamente destruido y sin nada; sin esposa e hijos. Entonces pedí ayuda y en ese momento vino mi madre y me dijo: ‘mira te voy a ayudar, pero si de verdad quieres cambiar’. Y sí, hice un compromiso con ella y también con Dios”.

Asegura que no tardó más de tres días para que Dios cambiara su vida, “pero tuve que pasar 28 años en el lodo, entonces logré salir de ese mundo”.

Así sintió la necesidad de ayudar a otros e hizo las gestiones necesarias para fundar, el primero de julio de 2013, el centro Enmanuel, que significa “Dios con nosotros” y que ahora mismo tiene capacidad para albergar a 30 pacientes, quienes permanecen en rehabilitación de seis meses a un año. Llegan de Roatán, San Pedro Sula, La Ceiba, El Paraíso, Valle y La Mosquitia.

Pacheco explica que los familiares pagan en otros centros para rehabilitar al adicto, pero si a los tres días él ya no quiere estar en el centro simplemente se va, mientras que ellos hacen que el paciente firme un documento donde se somete a permanecer por el tiempo necesario para rehabilitarse.

El centro no recibe fondos del Estado y sobrevive gracias a los aportes de familiares y a gestiones con diversas organizaciones. “Conozco centros a nivel nacional que cuestan de 10,000 a 32,000 lempiras al mes (entre 400 y 1,300 dólares). Una familia de escasos recursos no va a llegar ahí. Nosotros los ayudamos, aunque no tengan, porque al final yo creo que ese es el mayor logro, poder dar al que no tiene”, expresa.

En sus seis años de funcionamiento el centro ha ayudado a rehabilitar a decenas de adictos a las drogas y al alcohol. “Lamentablemente, parece que a ningún Gobierno le conviene restaurar a este tipo de personas”, apunta.

Tras el ingreso, los pacientes son atendidos por un médico y reciben diferentes terapias además de cuatro devocionales al día. Por lo tanto “ese espíritu que les incomoda: ira, enojo y soberbia por no tener la droga; conforme van pasando los días van adquiriendo esa paciencia, tranquilidad, templanza, gozo y amor: los frutos del Espíritu”, dice Pacheco.

A conclusión de Pacheco hay muchos centros a nivel nacional que se enfocan en la terapia ocupacional, pero se olvidan de la terapia espiritual y, por lo tanto, no funcionan.

Religión y ciencia

A nivel nacional existen al menos trece centros vinculados a iglesias, organizaciones no gubernamentales o públicos, dedicados a rehabilitar a los adictos al alcohol y drogas.

El Gobierno de Honduras administra los Centros de Atención Integral (CAI) en Tegucigalpa, San Pedro Sula y un centro de desintoxicación en Choluteca.

Ramón tiene 12 años de haber dejado la marihuana con el apoyo recibido en el CAI de Tegucigalpa y recuerda que empezó a consumir “con un amigo, que me incitó y la curiosidad lo lleva a uno a eso (la narcodependencia)”.

Primero fumaba un cigarrillo por día, es decir, entre 500 y 700 miligramos, luego llegaba a tres, cuatro y hasta cinco. “Mi consejo es que no se involucren con amigos que consumen, que no lleguen a lugares donde se consume, y que no se dejen llevar por el manipulador, aquel que les induce a un puro de marihuana” señala.

Pese a reconocer el apoyo recibido en el CAI, afirma que pudo abandonar la droga “por un esfuerzo personal de mi parte, porque si el adicto no hace un esfuerzo jamás va a lograr la sobriedad, siempre va a seguir consumiendo. Si él hace un esfuerzo personal va a dejar de consumir”.

Salir de las drogas es una de las “cosas más bellas y más hermosas que he vivido. Conocerme, aceptar la soledad. Hice infeliz a mi familia y vivían enojados conmigo, pero ahora están felices gracias a Dios”.

El doctor Lenín Fu, jefe de la división de tratamiento y rehabilitación de adicciones del Instituto Hondureño para la Prevención del Alcoholismo, Drogadicción y Farmacodependencia (IHADFA), apunta que en el CAI de Tegucigalpa atienden diariamente entre 40 y 60 pacientes ambulatorios, es decir, llegan y se van después de la cita, mientras en San Pedro Sula, al norte del país, atienden alrededor de 17 personas diarias. En Choluteca, municipio de la frontera sur, cuentan con una sala de internamiento con 12 camas.

Estos son números magros si se considera que al menos el 29 por ciento de los estudiantes hondureños han probado drogas, una población que suma 2 millones de jóvenes, por lo que de ser ciertas las cifras del IHADFA, más de medio millón de estudiantes han tenido contacto con algún tipo de sustancia ilegal, aunque no necesariamente sean adictos.

Muchos militares son también consumidores de droga

En el 2018, el IHADFA realizó un estudio sobre percepción y patrones de consumo de alcohol, tabaco y otras drogas ilegales, tomando como población encuestada a 833 miembros de las Fuerzas Armadas y a 125 empleados de empresas privadas y públicas de los departamentos de Francisco Morazán, Comayagua, Cortés, Atlántida y La Paz.

Según los resultados, el 10.6 por ciento de los encuestados ha consumido marihuana, un 5.3 por ciento consumía cocaína y 1.3% éxtasis. Este estudio mostró, además, que el 24.6 por ciento no tenían conocimiento de los daños que las drogas podían producirles.

¿Cómo funcionan los CAI?

El CAI en Tegucigalpa cuenta con la asistencia de psiquiatras, toxicólogos, adictólogos y terapeutas que trabajan en la conducta del individuo. El requisito básico para ser atendido es que el paciente no haya consumido drogas ni alcohol en las últimas 48 horas.

Los pacientes son atendidos mediante citas individuales, terapias de grupos y familiares. “Se aplica una terapia cognitiva enfocada en un modelo socrático, donde el mismo paciente da soluciones a sus compañeros, siempre guiándose por el terapeuta”, explicó el doctor Fu.

A los CAI asisten pacientes por su propia voluntad, pero también muchos enviados por los tribunales. La edad de los pacientes oscila entre los 12 y los 76 años, de cada diez pacientes, siete son hombres.

El mayor número de pacientes atendidos es por marihuana, seguidos de adictos a la cocaína y al alcohol.

Sin embargo, también  al centro por consumo de anfetaminas, un narcótico habitual de discotecas y centros nocturnos.

“Hemos recibido denuncias que a algunas jóvenes les dan este tipo de drogas en sus bebidas durante alguna fiesta o reunión. El problema es que terminan abusadas sexualmente”, dijo el galeno.

Por otra parte, dentro de su experiencia, el doctor Fu refiere que ha encontrado casos “de personas que tocan fondo y de pronto ya no tienen dinero o pierden su trabajo y estas personas son contratadas para que distribuyen drogas en sus barrios. Así caen en el narcomenudeo”.

 Una enfermedad

Para Julia Galzerano, cannabióloga uruguaya, la adicción es una enfermedad compleja, en donde convergen dimensiones diferentes: médicas, sociológicas, culturales, antropológicas e ideológicas.

“Es un hábito que daña la salud física, mental o bienestar social de esa persona en su entorno”, dijo la experta a Expediente Público. Añadió que, según la predisposición genética, los factores de riesgo o de protección que tenga; una experiencia traumática o una depresión podría desencadenar el inicio de un consumo, o si ya está, aumentar ese consumo por la sensación de bienestar.

Galzenaro señala que las adicciones son una enfermedad que requiere soluciones integrales que incluyen ayuda médica, psicológica y familiar.

“Se puede consumir por las amistades equivocadas, pero nadie llega a la adicción por esto, es de las cosas que tienen que entender las familias, hay cosas básicas que se tiene que cuidar desde la infancia. Hay que desarrollar tolerancia a la frustración entre otras cosas. Y el cambio de un adicto se da en forma progresiva, es por eso que insistimos sobre todo en los jóvenes en el acompañamiento día a día”, explica.

La especialista agrega que “cuando llegan al punto de la adicción olvidan sus obligaciones, hay cambios en su alimentación, puede llevar al desaseo, todo va a depender de qué tipo de sustancia consuma”.

Lo que sí es cierto, comenta Galzenaro, es que hay cambios en el adicto, “y muchas veces empiezan a consumir a los 13 años, la familia se da cuenta a veces mucho más tarde”.

“La adicción es un fenómeno variable que no tiene que ver con las sustancias, tiene que ver con el individuo y su entorno esa es la diferencia”. La experta amplía que nadie está “condenado” a ser adicto. Es posible recuperarse de una adicción. Hay que ver su entorno y su núcleo familiar y sus relaciones, la gente no es que se vuelva adicta porque tiene malos amigos; hay factores de riesgo.

“Para tratar la cuestión tiene que involucrarse la familia, cuando el paciente se integra y la familia no participa no le sirve”, advierte.

 

Marihuana, la droga ilegal más común

Luego de la regulación legal del consumo de cannabis por el Gobierno uruguayo,  un grupo de la facultad de sociología de la Universidad de Uruguay demostró que no aumentó el número de adictos al cannabis ni aumentó la violencia relacionada con esta droga.

En cuanto al cannabis, la respuesta del cuerpo va a variar de acuerdo al consumidor y ambiente de consumo. Dosis bajas y estímulos mínimos elevan la excitación, pero dosis altas tiene efectos depresores. Se habla del síndrome motivacional pero no está comprobado. Puede haber alteración de la memoria.

Las propiedades de cannabis medicinal que no es el mismo cannabis que usan los recreativos, tiene los mismos componentes, pero las proporciones son diferentes, fundamentalmente antiepilépticas, también se usa en esclerosis múltiple y como analgésico, es antiemético, es decir sirve para evitar las náuseas y vómitos y se usa como antidepresivo e hipnótico y se da como estimulante.

“La usamos también para acompañar las etapas terminales del cáncer.”, por eso es importante saber qué tipo de cannabis tienen porque hay más de 140 clases, concluye.

En cuanto a las drogas sintéticas, la experta comenta que son como la moda de consumo y esto manifiesta una cultura que necesita entre otras cosas estar en “vigilia”.

Se puede interpretar como un enfrentamiento a una sociedad controladora y represora, pero se consumen en grupo, estas sustancias tienen capacidades alucinógenas y energéticas, las usan para integración y empatizar con el otro. Se relaciona con tipos de música, donde estas sustancias forman parte del “espectáculo”, en general, este consumo es experimental u ocasional, explica.

En cuanto a las otras drogas sintéticas, expresa que las consecuencias son negativas en el organismo, sobre todo en el cerebro, y pueden desarrollarse enfermedades como trastornos, enfermedades pulmones, cáncer deterioro de piel dientes y cabello, así como un estado psicótico permanente. Consideran sintéticas a aquellas drogas que son elaboradas a través de procesos químicos, como el éxtasis, heroína, cocaína, anfetaminas y LSD.

Para la experta, la respuesta del cerebro ante la cocaína, aumenta las cualidades psicológicas: euforia, hiperactividad, hiper vigilancia y mayor conciencia sensorial, como sexual, adictiva, táctil y visual, además confusión cognoscitiva y sensación de ser muy competente, pero también desarrolla ansiedad.

 

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