Memoria del tiempo presente: La guerra entre el sandinismo y la Contra no ha terminado

“No hay revolución verdadera sin contrarrevolución”, rezaba la consigna del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) cuando tomó el poder en julio de 1979, tras derrotar a la dictadura de la familia Somoza (1935-1979). 

La consigna tomó fuerza a pocos meses del triunfo de lo que se denominó Revolución sandinista, una mezcla novedosa que contaba entre sus principales militantes e ideólogos con cristianos, marxistas, intelectuales, empresarios, universitarios, obreros y campesinos; pero que tras la instalación de su Gobierno, las ideas pluralistas del inicio viraron hacia el modelo marxista-leninista de la Revolución cubana que había triunfado 20 años antes. 

El descontento por ese giro provocó que a escasos seis meses del triunfo sandinista, a finales de 1979, se produjeran las primeras manifestaciones de elementos armados en contra de la revolución, quienes se autodenominaron Milicias Populares Anti-Sandinistas (Milpas). Estaban conformadas, en su mayoría, por excombatientes insurreccionales descontentos con el proceso revolucionario. 

Según el Ejército Sandinista de aquellos años, esas milicias fueron “aniquiladas rápidamente”; pero a inicios de 1981, una nueva fuerza contrarrevolucionaria aparecería asentada en su mayoría en Honduras y Estados Unidos. 

Esta vez el grupo era integrado por remanentes de la extinta Guardia Nacional (GN) que habían huido principalmente a esas dos naciones. El sandinismo había logrado sustituir esa GN por un nuevo ejército “que velaría por los intereses de la revolución”, en un proceso de sustitución de una armada por otra solo visto, en el siglo XX en América Latina, en Cuba.

El grupo recibió apoyo financiero encubierto del Gobierno de los Estados Unidos y a principios de 1981, en Guatemala, se conformó la fuerza contrarrevolucionaria denominada “Legión 15 de Septiembre”. Esta organización fue conocida como la Contra y estableció su base en Honduras. 

Según documentación oficial del Ejército de Nicaragua, esa fuerza “fue creada con un carácter expedicionario y dependía del Gobierno estadounidense de aquel momento, quien la organizó, dirigió, armó y entrenó; además le brindó información de inteligencia para ejecutar sus operaciones militares contra el Gobierno sandinista”.

El informe señala que en septiembre de 1981, en Guatemala, se fusionaron la Legión 15 de Septiembre, Alianza Democrática Revolucionaria Nicaragüense (ADREN), el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y Unión Democrática Nicaragüense Fuerzas Armadas Revolucionarias de Nicaragua (UDN-FARN), para fundar la Fuerza Democrática Nicaragüense (FDN).

Mientras, en el período de 1982-1983, en Costa Rica se organizó la Alianza Revolucionaria Democrática (ARDE), integrada hasta 1984 por el Frente Revolucionario Sandino (FRS), el Frente Solidaridad Demócrata Cristiano (FSDC), la Organización Militar de Misquitos, Sumos y Ramas, conocida como Misurasata; la Solidaridad de Trabajadores Democráticos Nicaragüenses (STDN), el Movimiento Democrático Nicaragüense (MDN) y la Unión Democrática Nicaragüense-Fuerzas Armadas Revolucionarias de Nicaragua (UDN-FARN). Igual que los otros grupos, su propósito era combatir al Gobierno sandinista de entonces.

Entre 1981 y 1984, los grupos antisandinistas perfeccionaron sus estructuras, y la FDN optó por una guerra de desgaste prolongado. Para financiar esta modalidad, el Congreso de Estado Unidos aprobó la entrega de 43 millones de dólares, según documentos oficiales del Ejército de Nicaragua.

Todas las fuerzas rebeldes decidieron en 1987 unificarse y nombrarse Resistencia Nicaragüense (RN) como una organización política-militar que incluía a todos los grupos establecidos en las distintas zonas de guerra, y ya debidamente conformada ejecutó el Plan Ofensiva de Primavera. La administración estadounidense destinó 137 millones de dólares para esa operación. 

Mientras, el Ejército de Nicaragua llegó a tener más de 150,000 hombres armados y fue entrenado por asesores militares cubanos y abastecido sustantivamente con armamento de la ya extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Por su lado, los combatientes de la Contra se calcularon en 24,000 efectivos.

 

 

Un ejército irregular de campesinos descontentos

Si bien las fuerzas irregulares estuvieron conformadas al principio por combatientes de la exguerrilla sandinista y por exguardias somocistas, su real fortaleza provino de la integración masiva de cerca de 25,000 campesinos, en su mayoría voluntarios, descontentos con las imposiciones de una revolución que no habían pedido y que alteraba de manera violenta su estructura organizativa productiva, basada en una tenencia de la tierra de carácter individual. 

Se opusieron principalmente a la reforma agraria de sistema cooperativo, impuesta por los sandinistas, y a las confiscaciones que estaban llevando a cabo con su plan de colectivización. También, a las formas bruscas con que les imponían “ideas comunistas”, “conflictos con sus creencias religiosas”, entre otras coacciones. 

Con el recrudecimiento de la guerra, los campesinos se fueron uniendo a las fuerzas rebeldes ante la imposición en 1983 del servicio militar obligatorio, y en el que participaron jóvenes de las ciudades, principalmente. 

Cuando terminó la guerra muchos se dieron cuenta de la falsedad de la propaganda oficial de que todos los miembros de la Contra eran seres perversos por provenir de la Guardia somocista. Quedó claro que se trataba de campesinos pobres que habían optado por unirse a la contrarrevolución, cuyo directorio, radicado en Honduras y Estados Unidos, estaba encabezado, eso sí, por altos exmilitares de la Guardia Nacional y exfuncionarios del gobierno de Somoza.

“Nosotros los campesinos fuimos traicionados doblemente: por la cúpula de la Resistencia y por el Estado que no cumplió con nuestras demandas cuando por los Acuerdos de Paz, en 1990, entregamos las armas como muestra que no queríamos más guerra”, dijo a Expediente Público un exmiembro de la Contra de Jinotega, que pidió omitir su nombre. 

Mientras la cúpula de la ex-Resistencia se alió a los partidos élites liberales opuestos al sandinismo y cogobernó con estos grupos de 1990 a 2006 sin interesarse por sus bases campesinas; las demandas asumidas por el Gobierno de Violeta Barrios (1990-1996) para la inserción de los desmovilizados de la Contra no se cumplieron ni con esta administración ni con las posteriores: Arnoldo Alemán (1997-2001), Enrique Bolaños (2002-2006) y Daniel Ortega (2007-2019).

La revolución en tiempos de Guerra Fría

Los sandinistas afirmaban que su revolución sería de tendencia socialista, que se instauraría bajo los conceptos de economía mixta, pluralismo político y no alineamiento en el plano político internacional. Sonaba bien. Un movimiento revolucionario nada dogmático ni nombrado comunista. 

Sin embargo, para algunos ideólogos la presión que le imponía el conflicto con la Contra, y el hecho de que este se daba en el contexto de la Guerra Fría, al sandinismo no le quedó más opciones que alinearse ideológicamente al sistema comunista de la desaparecida Unión Soviética y Cuba, naciones que, a cambio, apoyarían en la conformación del Ejército y apertrecharían de armas de guerra a la naciente revolución.

No se puede afirmar categóricamente que ese planteamiento haya sido la verdadera causa del giro socialista de la Revolución sandinista que intentaba ser pluralista con base en la justicia social. El hecho es que la radicalización del proceso fue danto lugar a la concentración del poder en una estructura de mando única: el FSLN. 

La copia rápida y fiel del modelo cubano en los primeros años de la revolución provocaron que los aliados para derrotar la dictadura de Somoza le dieron la espalda al nuevo Gobierno: los empresarios y los países democráticos de aquel momento, como Costa Rica, Venezuela y Panamá, que habían apoyado con armas al Frente Sandinista. 

La década de los 80 fue una época de fuertes contradicciones ideológicas entre la defensa del capitalismo y la democracia vendida por Estados Unidos y la pretendida revolución social comunista que exportaba la otrora URSS. Con la instalación de la Revolución sandinista en Nicaragua y las guerrillas izquierdistas en Guatemala y El Salvador, la región centroamericana llegó a convertirse en un foco territorial de contradicción entre ambas potencias en el contexto de la Guerra Fría. Centroamérica se convirtió así en un campo de batalla entre ambos bloques.

Una guerra que inició para no terminar

En ese contexto, la guerra entre el Ejército de Nicaragua y las fuerzas irregulares de la Contra financiadas por Estados Unidos se prolongó por diez años, sin que se pueda definir categóricamente cuál fue su real naturaleza: para muchos fue una guerra civil, para otros, un conflicto impulsado por Estados Unidos para desbaratar una revolución social antimperialista; y para terceros, el campo de batalla donde esa nación se enfrentó a su némesis, la Unión Soviética, durante la Guerra Fría.

A 30 años del final oficial de aquel enfrentamiento entre nicaragüenses, sus contradicciones parecen intactas. El país no ha encontrado la paz. Tanto el sandinismo con sus seguidores y las fuerzas públicas que surgieron con su revolución, como los remanentes de combatientes de la llamada posteriormente Resistencia Nicaragüense, no terminan de concluir una guerra cuya finalización, al menos en el papel, fue firmada en 1990, con los presidentes de Centroamérica como testigos.

Muchos familiares están llegando a El Almendro a indagar sobre sus hijos o esposos.  17/05/1990. Fotógrafo: C. Durán. Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica

No se puede descifrar con claridad cuántos muertos dejó ese conflicto, ni cuántos más fallecieron en los posteriores levantamientos armados que siguieron a la firma de la paz, pero se calcula que fueron entre 30,000 y 50,000.

Para el sandinismo, la guerra la ganaron ellos; para la Resistencia, ellos fueron “traicionados” por la cúpula de su dirigencia y por los Gobiernos liberales que gobernaron el país entre 1990 y 2006, y que fueron sus supuestos aliados. 

Lo cierto y comprobable es que la inmensa mayoría del bando contrarrevolucionario  eran campesinos pobres y, del lado del Ejército antes nombrado sandinista, miles de jóvenes de la ciudad y del campo fueron empujados al campo de batalla por el servicio militar obligatorio.

Se firmó la paz en el papel, no en la montaña

En 1990 se firmó la paz, el Frente Sandinista perdió el poder y el país quedó en bancarrota. Nuevos pactos políticos de cúpulas se fueron creando y al cabo de 30 años las heridas de la guerra siguen sangrando. Cada año se conocen casos de asesinatos de campesinos exmiembros de la Contra y, según investigaciones de organizaciones de derechos humanos, todo apunta a que se trata de ejecuciones extrajudiciales cometidas por el Ejército de Nicaragua.

La fila de desmovilizados en El Coral en espera de la ayuda. 06/09/1990. Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica

De eso tratan las siguientes historias: ejecuciones de campesinos que no han sido aclaradas durante estos años de “paz”, en un país que solo tiene la memoria histórica como prueba de las injusticias que se siguen cometiendo en contra de uno de los sectores más vulnerables de Nicaragua: los campesinos.

Hemos dibujado, con las herramientas del periodismo investigativo, perfiles tanto de combatientes como de líderes excontras asesinados precisamente por haber pertenecido a aquella fuerza, así como reportajes sobre el apoyo dado por algunas iglesias católicas al sufrimiento de estos luchadores por la democracia, quienes entregaron sus armas porque creyeron en la paz.

En suma, son historias que hemos querido arrebatar a la desmemoria de la noche y traerlas a la luz del día, de la verdad. Las familias agraviadas aún los lloran y los recuerdan con orgullo.