La revolución de las urnas: a 30 años del hito electoral nicaragüense

Las elecciones del 25 de febrero de 1990 pusieron fin a los 10 años de la Revolución Sandinista y la guerra civil. Daniel Ortega Saavedra gobernaba el país, el mismo que en 2007 retomó el poder y lleva 13 años continuos en el cargo de presidente. 

En 2018 la población realizó protestas contra su gobierno, sufrió la represión y asesinatos. Los opositores demandaron la salida de Ortega y elecciones anticipadas, una propuesta que rechazó el Ejecutivo calificándolas de intento de golpe de Estado.

A 30 años de las primeras elecciones libres en Nicaragua, ¿se podrá tomar lecciones de la experiencia de 1990?

Terminar con la guerra y el racionamiento

María Ortiz Úbeda tenía 24 años en 1990, recuerda que salió a las calles de la ciudad Matagalpa (a 130 kilómetro de la capital Managua), entusiasmada y sin miedo. Quería celebrar la victoria de Violeta Barrios, porque representaba un cambio para Nicaragua. 

Para Ortiz, el triunfo de Violeta Barrios era motivo de alegría porque se le daba fin al reclutamiento de adolescentes y jóvenes mayores de 16 años y el racionamiento de los productos básicos.

“También vimos llorar a la gente del Frente”, cuenta. Para los partidarios del partido Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) esta fue una situación traumática.

Meses antes, durante el proceso de campaña, todos en la casa de María hablaban en voz baja para evitar que los vecinos, que eran sandinistas, se enteraran de la tendencia política de familia. 

Pese al miedo a los sandinistas, María Ortiz participó en las mesas electorales, como fiscal de la Unión Nacional Opositora (UNO), la alianza política encabezada por Barrios, la conocida viuda del periodista asesinado en 1978 por la dictadura somocista, Pedro Joaquín Chamorro, y directora de La Prensa, el principal medio crítico al FSLN.

La matagalpina resalta que el propio día de las votaciones no hubo mucha tensión, porque no había indicios que alguien buscara cómo cometer delitos electorales o fraude. Todo sucedió con tranquilidad.

En 1990, las elecciones de Nicaragua se realizaron con participación de observadores electorales internacionales, lo que permitió que el proceso electoral fuese transparente. La coalición de partidos en la Unión Nacional Opositora ganó con 54.7 por ciento de los votos.

La observación electoral fue determinante

“En los 90 había temor, igual que hoy”, dice José Pallais Arana, quien dirigió la campaña electoral de Violeta Barrios en los departamentos occidentales de León y Chinandega, y posteriormente fue viceministro de Gobernación y viceministro de Relaciones Exteriores durante el gobierno de Violeta Barrios de Chamorro.

Durante la campaña electoral hubo mucha violencia contra las personas que estaban organizadas en la UNO. Pallais recuerda que fueron agredidos por sandinistas durante un acto en el municipio de Malpaisillo, León.

A pesar de eso, se acercaban a lo UNO, porque “la gente quería la paz y el Frente garantizaba la guerra”, de allí que pudieron colocar en las mesas electorales fiscales sin andarlos buscando, cuenta Pallais.

La participación de estos fiscales afines a la UNO también fue un hecho que favoreció que se dieran elecciones transparentes. 

La población estaba golpeada por la guerra y la crisis económica, por lo que las elecciones eran una oportunidad de cambio, de allí que se animaran a participar como votantes, pero también en las mesas electorales, expresa Pallais.

En cuanto al liderazgo de Violeta Barrios, Pallais considera que se desarrolló muy rápido, después que fue elegida para representar al UNO como candidata a la presidencia, pero para la población opositora lo más importante era sacar del poder al Frente Sandinista.

Según el jurista, también la comunidad internacional quería ponerle fin a la guerra, de allí que la observación al proceso electoral fue masiva de parte de estos actores.

“Con la participación de las Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos, la gente empezó sentirse protegida”.

“La gente perdió el miedo junto con nosotros”

Cristiana Chamorro Barrios vivió la campaña electoral y las votaciones cerca de su madre, la futura presidenta.

“Recorrimos toda Nicaragua. Procuraba que siempre estuviera con gente nuestra, porque estábamos bajo un sistema donde no había seguridad, nos enfrentamos a un Estado militarizado compuesto por un partido, el ejército y un grupo de revolucionarios que estaban acostumbrados a imponerse”, recuerda la periodista Chamorro.

Sobre la campaña en medio de la guerra civil, afirma que “el pueblo desde que nos vio en la calle fue perdiendo el miedo junto con nosotros y ese era uno de los objetivos más importantes, ir a los pueblos y empezar a caminar. La gente se asomaba tímidamente y cuando pasaba mi mamá, ella les hacía señas para que se sumaran, ellos miraban a una mujer vulnerable y se sentían con valor de irla a apoyar, así abrimos las puertas de toda Nicaragua a la democracia”.

Otro objetivo era que los nicaragüenses creyeran que su voto podía significar el cambio, al principio no lo entendían porque, nunca antes habían votado libremente, analiza Cristiana Chamorro, también presidenta de la Fundación Violeta Barrios de Chamorro. 

Al final, fueron unas elecciones donde el voto popular derrocó a una revolución que se convirtió en una dictadura de Estado, ejército y partido, “mi madre fue la primera mujer electa por el voto popular en América Latina”, sostiene Chamorro Barrios.

“Vimos esa victoria como un triunfo para Nicaragua, del civismo y la conciencia libertaria que se había mantenido oprimida por una dinastía de derecha con los Somoza y luego una dictadura de izquierda con el Frente Sandinista”, reitera.

Relato de un sandinista

José Rizo Lazo, a sus 16 años se sentía comprometido con el FSLN, al ser miembro de la Juventud Sandinista. Era la primera vez que iba a votar en 1990, pero lo que realmente lo movía a participar era defender la Revolución. 

Apoyaba al Frente Sandinista, a riesgo que, si ganaba, la guerra civil continuaría y tuviera que alistarse en el Ejército Popular Sandinista para “defender la patria”, dice Rizo sobre sus pensamientos de aquella época.

La noticia que el FSLN había perdido le produjo una de mezcla de sentimientos de tristeza y enojo, sobre todo, porque en ese momento, los dirigentes del partido le inyectaban a los jóvenes sandinistas orientaciones contradictorias.

“Hubo órdenes de replegarse, la Juventud tenía reuniones todos los días, se esperaban orientaciones, había un movimiento que quería seguir peleando y no estaba de acuerdo con entregar el poder porque, además, se sentían apoyados por el ejército sandinista”, explica Rizo.

Después de los resultados de las elecciones de 1990, “hubo orientaciones de no dejar que la transición fuera pacífica”, hubo muchas manifestaciones de los sandinistas con quema de llantas, pintas en paredes, banderas rojo y negras en lugares públicos. Los partidarios gritaban: ’Daniel no entregués el poder’”, cuenta Rizo.

Rizo reconoce que los líderes sandinistas de ese entonces manipulaban a la juventud, como lo hace ahora. Sin embargo, la Juventud Sandinista de los ochenta, “en ningún momento atacamos o agredimos a alguien”, dice. 

Actualmente, José Rizo ha dejado de militar en el FSLN y vive en Estados Unidos.

La Contrarrevolución fue determinante

Para Freddy Quezada, filósofo, sociólogo y excatedrático de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, el proceso militar llevado a cabo por el ejército irregular de la Resistencia fue determinante para la salida del poder de Daniel Ortega en 1990, aunque ninguna fuerza pudo imponerse a la otra, tanto el Ejército Sandinista como la Resistencia no tuvieron ganadores, ni vencedores, pero hubo un desgaste político, económico y moral como país, lo que obligó necesariamente a optar por las elecciones.

Según Quezada, actualmente, la población nicaragüense opositora al régimen de Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo, también está optando por una salida electoral, pero sin un proceso militar como en los 80. 

En 2018 hubo un “respeto al orden jurídico, la variable militar nunca estuvo presente más que del lado del dictador, la lucha actual, es un proceso que ama los procedimientos pacíficos”, dice.

El contexto actual en Nicaragua es impredecible en cuanto a la realización de elecciones transparentes y libres. “Nadie sabe nada. Lo que se cree que viene es una negociación tramposa y puede que la dictadura se implante”, también no descarta movimientos armados, porque existe en el país un grupo de “impacientes y radicales que exige acciones”, precisa el experto.

Para Quezada, el plan de lucha que sostenían los contras campesinos en los 80, que era el respeto a sus tierras, sus modos de producción e idiosincrasia, fue fácilmente traicionado por la UNO, porque no se les cumplieron sus demandas en los acuerdos de paz y se beneficiaron a pocos líderes con tierras o vehículos, mientras que los demás guerrilleros se les dejó en el olvido.

En la actualidad, el plan de lucha que sostiene la población opositora al régimen de Ortega está más centrada en demandas de justicia, que difícilmente será abandonada por el grupo que la promueve, al estar compuesto por estudiantes con mejor preparación que los campesinos en los ochenta, sostiene el académico.

Chamorro Barrios considera que la mayoría opositora al sandinismo en 2020 es mayor que en 1990, porque Nicaragua tiene actualmente uno de los regímenes más sangrientos de América Latina, el desafío sigue siendo la unidad de partidos y actores cívicos, pero ahora con más conciencia democrática.

“Si hubiésemos tenido personas comprometidas con la ruta democrática, Nicaragua no estaría en la situación, pero tenemos lecciones aprendidas, como que podemos salir de una dictadura, lo hicimos en 1979 y en 1990 y creo que lo vamos a volver a hacer cívicamente. Debemos exigir elecciones vigiladas, con plena libertad de expresión y sin presos políticos”, concluye Chamorro Barrios

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Fotografía de portada: LA PRENSA