Derechos Humanos

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Tarde de terror en Managua

Dictadura engrosa su expediente de violaciones a los DD. HH

Guillermo Cortés Domínguez

Uno de los paramilitares que entraron en motocicleta a los parqueos inferiores del edificio de ocho pisos Plaza Centroamérica, encañonó a unas seis personas, entre las que estaba Ángeles, una cocinera con dos niños menores de cinco años, a quien cuando huyeron de los pistoleros, un joven le cayó encima, golpeándola en la pierna izquierda. Tiene suficientes razones para estar en esta protesta: “Por mis hijos estoy luchando por una Nicaragua libre”.

La sísmica ciudad de Managua destruida por dos terremotos en 1931 y 1972, fue estremecida ayer cuando la dictadura de los Ortega Murillo reprimió a quienes se disponían a marchar en un tramo de la Carretera a Masaya entre la rotonda Centroamérica y la estatua de Alexis Argüello: 174 personas fueron detenidas, en algunos casos, violentamente, por policías antimotines; otras tres fueron heridas de balas de goma; y antimotines también agredieron física y verbalmente a periodistas a quienes destruyeron o robaron equipos de trabajo.

En esta tarde convulsa, cientos de personas quedaron atrapadas a partir de la 1:45 de la tarde en tres lugares de la capital entre las rotondas Rubén Darío y Centroamérica: el edificio de ocho pisos Plaza Centroamérica, el parqueo del banco Lafise, a solo 150 metros, y el centro comercial Metrocentro, a mil metros, cuando un fuerte contingente de policías antimotines con violencia les impidió marchar como tenían previsto en demanda de la excarcelación de las presas y presos políticos.

El ambiente ha estado caldeado en la capital nicaragüense donde pese a la continuidad de la represión y a la no excarcelación de 700 presos y presas políticas, ha comenzado un controversial diálogo con el gobierno para negociar una salida política a la crisis que comenzó con un estallido social el 18 de abril del año pasado, fecha desde la cual la ciudadanía marchó constantemente por las calles de las ciudades de todo el país, hasta el 23 de septiembre, cuando los antimotines asesinaron al adolescente de 16 años Matt Romero, la víctima mortal 325 de la rebelión pacífica. Cinco días más tarde la Policía emitió un comunicado criminalizando las protestas.

 Periodistas agredidos y robados

La marcha de este sábado sería la primera en Managua en casi seis meses, en los que no han cesado las expresiones de protestas, aisladas, clandestinas, de pequeños grupos, en varios departamentos del país como Carazo, Masaya, León, Estelí, Jinotega y Matagalpa. Pero el régimen decidió impedirla y con miles de policías de línea y antimotines, desde horas tempranas de la mañana de este sábado reforzó su permanente militarización de la capital, principalmente el sector donde se realizaría la protesta.

 En las inmediaciones de la rotonda Centroamérica se fueron aglomerando personas que marcharían, muchos de ellos con banderas azul y blanco, la mayoría jóvenes con el rostro tapado con pañoletas con los colores patrióticos, pero antes de la hora prevista para que saliera la marcha, fueron embestidos por los antimotines, que realizaron las primeras capturas y obligaron a los marchistas a huir y buscar refugio. Unos 70, que estaban por Lafise, entre ellos periodistas nacionales y corresponsales de medios internacionales, encontraron resguardo en el parqueo de este banco, donde los celadores abrieron los portones y los cerraron cuando las fuerzas represivas intentaron entrar.

 Minutos antes, la reportera del diario La Prensa, Cinthya Tórrez, fue violentada física y verbalmente por antimotines que también le patearon el teléfono mientras ella realizaba una transmisión en vivo por Facebook Live. Por otro lado, un antimotín de un manotazo le quitó la cámara al reportero de la Agencia Francesa de Prensa (AFP), Luis Sequeira, la tiró al suelo y la quebró. Además, le robaron un celular.

 Desde el interior del parqueo los manifestantes coreaban “¡Que se vayan, Que se vayan¡”, no en demanda de que se fueran los antimotines, sino la pareja presidencial. Agitaban sus banderas azules y blancas, sobre todo cuando pasaba, amenazante, una caravana de hasta siete camionetas de tina repletas de tropas especiales. Entre los que ahí estaban había líderes de la Unidad Nacional Azul y Blanco y de la Alianza Cívica, esta última, contraparte de la dictadura en el diálogo.

 Consignas y banderas

Similar situación se vivió en Metrocentro, donde más de cien manifestantes entraron ante la persecución policial. Frente al área de restaurantes lanzaron consignas y mostraron banderas de la patria. Como se sabe, en Nicaragua es delito mostrar la bandera. Cientos de personas han sido capturadas solo por esto. La Policía penetró hasta los amplios parqueos y los que protestaban tuvieron que internarse por los pasillos de este centro comercial y entrar a tiendas y oficinas.

 En la Plaza Centroamérica había más personas, entre 150 y 200, la mayoría jóvenes, refugiadas ante la llegada violenta de las fuerzas represivas que les impidieron iniciar la marcha, prevista a despegar en este lugar. Estaban integrantes de la Articulación de Movimientos Sociales y Organizaciones de la Sociedad Civil. Fueron rodeados por un enorme dispositivo de policías vestidos de negro, con chalecos antibalas, cascos, escudos de plástico reforzado y armados de escopetas.

 La mayor parte de los manifestantes estaba en el primer parqueo del edificio. También había personas en los pisos superiores y en la azotea. Desde estos niveles agitaban banderas y coreaban consignas. En cierto momento, lanzaron chorros de agua mojando a un grupo de antimotines.

 Como los antimotines estaban frente a ellos, desplegados en las calles, la consigna más repetida era ¡Asesinos! por su participación en la matanza ocurrida entre abril y junio pasados, hecho en el que el Grupo Interdisciplinario de Expertos Internacionales (GIEI), de la CIDH, identificó delitos de lesa humanidad.

 “¡No es un Presidente! Es un delincuente”

Pese al anuncio de la Policía de que no permitiría la marcha, mucha gente se aproximó a la rotonda de la Colonia Centroamérica y se mantuvo durante horas en los alrededores. A la 1:40 p.m. un grupo de antimotines corrió por la calle principal de la colonia Centroamérica para capturar a personas que se estaban arremolinando. Un adolescente de camiseta blanca que se refugió en la farmacia Samaria, fue sacado a la fuerza por los policías y encarcelado.

 “¡No es un Presidente! Es un delincuente”, se escuchaba en el primer parqueo de la Plaza Centroamérica. También, “Señor, señora, no sea indiferente, están matando al pueblo en la cara de la gente”. Varias veces cantaron el himno nacional. En la parte frontal del parqueo hacia la calle y la rotonda, agitaban sus banderas, casi cara a cara con los antimotines que estaban afuera. “¡De que se van! ¡Se van!”, decían a cada momento. Pese al peligro había un ambiente de lucha. Algunos pugnaban por salir a la calle y así lo hicieron a las 2:25 de la tarde, llegaron a la esquina de la calle principal de la Centroamérica a una cuadra de la rotonda, pero rápidamente regresaron ante el agresivo movimiento de los antimotines.

 “Si este no es el pueblo, el pueblo ¿dónde está? El pueblo está en la calle pidiendo libertad”, corearon en repetidas ocasiones hasta que se escucharon disparos y ocurrió una estampida hacia los pisos superiores. Luego estalló una granada de luz, aturdidora, y bombas lacrimógenas que llenaron de humo una parte del parqueo y a la gente de un sabor entre picante y dulzón, y de escozor en los ojos.

 Un adolescente con una pañoleta azul y blanco en el rostro, no corrió, se quedó junto a un muro, y pese a los disparos, él se levantó varias veces para disparar también, pero con una hulera o tiradora, lo que recordó los desiguales enfrentamientos del año pasado entre la ciudadanía en rebeldía y los antimotines y paramilitares con armas de guerra.

 Paramilitares entran al parqueo

Nadie se cayó o golpeó pese al torbellino y el apretujamiento en las escaleras eléctricas. Todo era nerviosismo. Pero el ataque no pasó a más, no entraron los antimotines al edificio, aunque se aproximaron por detrás y por delante, para cortar cualquier escape. Pero sí lo hicieron civiles armados (paramilitares) que llegaron en motocicletas, pero que no pasaron del parqueo del primer piso. No es un edificio totalmente cerrado, por lo que los tiradores siempre tuvieron a la vista a grupos de manifestantes, y les dispararon con balas de goma.

 “¡Médico, médico, médico! gritaron con desesperación cuando cayó la primera persona: Juan Cerro, 55 años, del barrio San Sebastián, comerciante del mercado Oriental, quien fue impactado del lado derecho del cuello. Tenía la marca redonda de la bala, la piel enrojecida y una inflamación que aumentaba. Menos mal que había dos miembros de la combativa Unidad Médica Nicaragüense (UMN).

 A las 2:45 p.m., entre el ambiente de incertidumbre, de nuevo resonaron las voces llamando a los médicos, cuando cayó ensangrentado el agricultor de Diriomo (siembra maíz, arroz y frijoles), Justo Alemán, de 50 años, a quien una bala de goma le impacto en la cabeza. Manaba mucha sangre. Su mano derecha, con la que intentó taponar la herida, estaba manchada de rojo, también el brazo. Más tarde fue herido un periodista que pidió no ser identificado. Recibió la bala a un lado del ojo izquierdo. Por unos centímetros escapó de perderlo. Los tres están bien.

 Pese a las bombas y los heridos, un grupo de jóvenes intentó bajar al primer piso para gritarles a los paramilitares que habían entrado y forzarlos a abandonar el lugar. Entre ellos iba “Ángeles”. Al huir del pistolero que les apuntaba, fue que resultó golpeada, y requirió atención médica.  Mientras ofrece declaraciones se evidencia el contraste entre sus blanquísimos dientes y su camisa negra. Lleva un sombrero azul y blanco como el que popularizó el conocido activista social Edwin Carcache, que continúa en prisión.

 Dictadura impide marcha pero paga alto precio

“Ángeles” es cocinera de un restaurante y vive en Bello Horizonte. Se opuso cuando un hombre alto y fuerte con camiseta verde limón exhortó a la gente a salir diciendo que el edificio no era lugar para hacer política, y que los antimotines no le harían daño a nadie. Fue rodeado e interpelado y no le hicieron caso. Después ella le prestó su celular a un anciano de camisa blanca que solicitaba una llamada para poder decirle a su hija que estaba bien.

 Un poco antes de las 4:00 de la tarde llegó a la entrada principal del edificio el comisionado mayor Vladimir Cerda, jefe de patrullas de Managua, quien comunicó que los refugiados podrían salir sin temor a ser capturados, debido a una gestión que hizo el cuestionado nuncio apostólico Waldemaro Sommertag, porque en reciente visita a la cárcel les pidió a las presas políticas que no siguieran luchando. Se le pidió a Cerda que retirara a los antimotines, pero solo los movió hacia el otro lado de la carretera a Masaya.

 Más tarde llegaron a la Plaza Centroamérica los miembros del equipo negociador de la Alianza Cívica, José Adán Aguerri y José Pallais, quienes conversaron con los manifestantes ahí refugiados, les comunicaron las gestiones en su favor y luego de cantar el himno nacional, comenzaron a salir. Situaciones similares se habían producido en el parqueo de Lafise y en Metrocentro.

 Después de las 10:00 de la noche, la dictadura puso en libertad a las 164 personas detenidas en la tarde, entre las que estaban incluso integrantes del grupo negociador con el régimen y destacadas personas luchadoras sociales. En el local de la Federación de Ganaderos de Nicaragua (Faganic), fueron entregados en medio del júbilo de sus familiares y combativas declaraciones a los medios de comunicación.

 Los Ortega-Murillo impidieron la marcha, pero pagaron un alto precio: en el exterior de nuevo quedaron por el suelo, confirmando los peores dictámenes sobre su vocación represiva y engrosando su expediente de violaciones a los Derechos Humanos. Lo mejor de todo es que ya la gente refugiada, quizá más de 500, están en sus hogares, como Ángeles, disfrutando de sus dos niños.

 

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