Ricardo vende repuestos de carros en San Pedro Sula. Al terminar su jornada, se traslada al barrio Sunsery. En sus bolsillos lleva 200 lempiras para comprar un gramo de cocaína. Se detiene en una de las esquinas, los vendedores lo atienden en confianza, es un consumidor constante.

Desde que tenía 15 años, Ricardo inició su adicción por la cocaína, de eso hace ocho años. Su familia desconoce su consumo, sobre todo teme que su madre se entere.

Este joven comerciante, cada mes aparta 5,600 lempiras (unos 208 dólares) de su salario para comprar la cocaína. Un 30% de sus ingresos mensuales termina en manos de los narcomenudistas. «He gastado mucho dinero en drogas y para financiar mi consumo debo tener un presupuesto fijo, es un dinero intocable», expresa.

El negocio que se da a diario en las esquinas de la Sunsery es altamente lucrativo. Según César Ruiz, director de de la Unidad de Delitos Contra la Vida en San Pedro Sula, adscrita a la Dirección Policial de Investigaciones (DPI), «cada punto vende al día unos seis kilogramos de coca y hasta 50 libras de marihuana», y añade que los precios al por menor dependen de la compra al por mayor.

Desde que tenía 15 años, Ricardo inició su adicción por la cocaína, de eso hace ocho años. Su familia desconoce su consumo, sobre todo teme que su madre se entere.

Por su parte, la Dirección Nacional Policial Antidrogas calcula que cada grupo criminal que se dedica al narcomenudeo, tiene unos mil puntos de venta en el país. En total, suponen que cada una de estas bandas ingresa unos 2.4 millones de lempiras (100 mil dólares) al día.

Cuando Ricardo termina de comprar su dosis, la calle principal de la Sunsery se llena de trabajadores que regresan a sus casas. También de hombres que controlan las esquinas, de jóvenes -banderas- que alertan la presencia de desconocidos. Quien genere sospechas es increpado.

Horas más tarde una patrulla de la Policía Preventiva inspecciona la zona. Tras su paso, reina el silencio y las esquinas se vacían, entre callejones olorosos a basura y marihuana, los jóvenes se ocultan.

Patrullajes

Otra patrulla recorre simultáneamente las Lomas del Carmen, una zona que es considerada como uno de los puntos más conflictivos de San Pedro Sula, un barrio supuestamente dominado por una banda que se hace llamar «Los Aguacates».

Los operativos de control son constantes por parte de las autoridades policiales, sobre todo coordinados por la Policía Nacional, la Dirección de Inteligencia Policial (Dipol) y la Fuerza de Seguridad Interinstitucional Nacional (Fusina), quienes con frecuencia reciben denuncias anónimas.

«Trabajamos mancomunadamente y esas operaciones han dado muchos resultados positivos como la desarticulación de narco laboratorios que están siendo montados en las áreas rurales», comenta el comisario Jorge Ramírez Montoya, vocero de la Policía Nacional.

La Dirección Nacional Policial Antidrogas calcula que cada grupo criminal que se dedica al narcomenudeo, tiene unos mil puntos de venta en el país. En total, suponen que cada una de estas bandas ingresa unos 2.4 millones de lempiras (100 mil dólares) al día.

El oficial comenta que para montar estos laboratorios, las bandas construyen champas o desalojan a las personas de sus viviendas. «Llevan electricidad a través de paneles solares o de una planta de combustible, todo enfocado directamente a cometer este ilícito», comenta Montoya.

En las calles de las Lomas del Carmen, los oficiales observan a varios sujetos que rondan el lugar, los increpan para revisar sus pertenencias. En una mochila encuentran 14 puntas de supuesta cocaína, siete cigarrillos de marihuana y 1,300 lempiras en efectivo.

El portador de la mochila es detenido y trasladado a la Primera Estación Policial de San Pedro Sula, de ahí será remitido a la fiscalía. Generalmente las personas que son detenidas por este delito, están ligadas a las maras y pandillas, comenta Montoya.

De acuerdo con el mapa de georeferenciación que maneja la Policía, la droga que se comercializa en San Pedro Sula, es inicialmente operada por bandas instaladas en la Chamelecón, en el sector de la Rivera Hernández, en Los Cármenes y en la López Arellano. De estos cuatro puntos se distribuye la droga a toda la ciudad.

Ramírez Montoya menciona que los allanamientos inician con un trabajo de vigilancia y seguimiento, de varias semanas de análisis. Posteriormente envían un informe técnico al Ministerio Público (MP), desde donde se emite el permiso para revisar alguna casa sospechosa de vender drogas.

«No es un trabajo fácil. En algunos momentos no se ha encontrado nada porque los operativos se hacen a partir de las seis de la mañana y estos grupos criminales siempre utilizan a jóvenes como banderas, quienes anuncian cuando las unidades de la Policía o del Ejército entran a hacer registros. Ellos usan todo tipo de mecanismos para evadir la responsabilidad», explica Montoya.

Las denuncias que reciben son constantes, la mayoría se refieren a negocios donde los narcotraficantes venden sus drogas, con frecuencia amenazando a sus propietarios. Montoya enfatiza en el trasiego de esta mercancía en la Central de Buses Metropolitana de San Pedro Sula, donde según él, cada día se trasladan cantidades enormes de estupefacientes.

Captura

Esmeralda Hernández lleva 18 horas detenida en la bartolina de la Primera Estación Policial, se le acusa de delitos relacionados con las drogas y la extorsión. Tiene 39 años y es madre soltera de tres hijos.

En los últimos 10 años, las autoridades policiales capturaron a 11,924 personas por suponerlas involucradas en el tráfico ilícito de drogas, 3,246 de ellas se encuentran privadas de libertad, según datos de la Secretaría de Seguridad y del Instituto Nacional Penitenciario (INP). En promedio, cada día son capturadas tres personas, sobre todo relacionándolas al narcomenudeo.

«Me arrestaron por tráfico y posesión de drogas. Yo cometí ese delito en el 2005, en ese tiempo empezaban las maras y había que sobrevivir en las colonias marginales y pude salir con medidas sustitutivas, pero dejé de ir a firmar», declara mientras sujeta los barrotes herrumbrosos de la celda. La celda huele a orines, a excremento.

De acuerdo con el mapa de georeferenciación que maneja la Policía, la droga que se comercializa en San Pedro Sula, es inicialmente operada por bandas instaladas en la Chamelecón, en el sector de la Rivera Hernández, en Los Cármenes y en la López Arellano. De estos cuatro puntos se distribuye la droga a toda la ciudad.

La primera vez que Esmeralda fue detenida, estuvo 24 horas recluida y salió con medidas sustitutivas. «Quedé firmando. Mi hermano y mi mamá pagaron un abogado para que saliera, aunque me agarraron por segunda vez por desobediencia y estuve presa dos meses en el Centro Penal Sampedrano», dice.

Esmeralda trabaja como cocinera. Cuando cometió el delito en el 2005, ella residía en la colonia Miguel Ángel Pavón del sector Los Cármenes. «Llegaron unos tipos a mi casa donde yo alquilaba, me dijeron que debía guardar la droga o yo sabía a qué me atenía, acepté hacerlo por temor», expresa sollozando.

«Ellos me cuidaban para que no me pasara nada con la otra mara que está en la colonia de al lado, fue hasta que un día llegó la Policía y encontró la droga en mi casa. Eran como cinco o seis libras de marihuana», recuerda, mientras observa a su alrededor.

Esmeralda Hernández lleva 18 horas detenida en la bartolina de la Primera Estación Policial, se le acusa de delitos relacionados con las drogas y la extorsión. Tiene 39 años y es madre soltera de tres hijos.

Afligida recuerda cómo los pandilleros le prohibían recibir visitas, si ella salía de casa debía avisarles y explicarles adónde iba, con quién se vería y a la hora que regresaría. Según ella, nunca le pagaron por prestar su casa para guardar la droga.

Hace algunos años, cuando salió de la cárcel prefirió vivir en varios lugares, por seguridad, «esa vez opté por dejarle mis hijos a mi madre mientras andaba errante por miedo a que algo me pasara», explica.

«No sabía que la segunda vez que salí de prisión era con medidas sustitutivas y ahora también resulta que me acusan de extorsión en Tegucigalpa, pero yo nunca he vivido allá», asegura y dice que pone su destino en manos de Dios, aunque sospecha que será enviada a Támara.


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