En un rincón de la cama junto a sus dos hermanas menores está Richard en ese último amanecer que sus ojos pudieron ver después que su papá -quien iba rumbo a trabajar-, lo despertara con palmadas en el trasero:

– A ver vos deapenca, levantate, ¿qué estás haciendo ahí? Buscá tu cama.

El día transcurría como cualquier otro hasta caer la noche el 19 de abril en la que Richard, lleno de indignación, salió de su casa en el barrio Avenida Virginia número dos, a protestar en contra de las reformas al Seguro Social en su lugar de origen, Tipitapa.

En esa noche de abril se pintaban escenas de una guerra campal. Don Carlos Pavón ya había regresado de su trabajo un poco después de las 7 de la noche y su esposa estaba descansando porque se sentía indispuesta. Ambos suponían que su hijo andaba en las prácticas de la comparsa, y desconocían la situación que comenzaba a vivir el país.

Él fue a la casa de su madre:
- ¿Vas a querer un poquito de comida hijo?

-Si me das, como.

Más tarde un grupo de chavalos llegó a buscar a don Carlos para comunicarle que a su hijo lo habían baleado. Le dijeron que le habían dado en el corazón. Durante la protesta ciudadana, Richard se había encontrado con su profesor Zamir, a quien le preguntó:
 – Profe, ¿qué anda haciendo aquí?
 – Pues lo mismo que vos.

De la Alcaldía salieron los disparos

Cuando el grupo de estudiantes decide ir a protestar a la Alcaldía, el Profe les advierte: “Vamonós porque se está poniendo feo”, Pero Richard no quiso abandonar las calles, su derecho a protestar, su sueño de justicia, el mismo que tenía Pedro Arauz Palacios, un dirigente del FSLN caído en la lucha contra el régimen somocista, en la carretera Tipitapa-Masaya, en el año 1977. Un monumento fue construido en su honor, así como ahora una cruz fue sembrada por el asesinato de Richard Eduardo Pavón Bermúdez.

De la Alcaldía Municipal de Tipitapa salieron las balas que perforaron el cuerpo de Richard, quien fue llevado a un pasillo del hospital de la ciudad, donde su padre estalló en llanto luego de haber escuchado al médico decir: “lo siento”. Él todavía pensó que podría ser una broma.

Su pajarito, a como don Carlos lo llamaba con mucho cariño, había alzado vuelo antes de lo esperado. “Hijo, levantate”, le decía inútilmente don Carlos, abrazando el cadáver. Él logró contar al menos ocho impactos de bala en el cuerpo de su hijo, que llevaba puesto su jean azul y sus calcetines blancos junto a su billetera con cien pesos. “Dejame con mi hijo”, se aferraba Maricruz, su madre. “Hijueputas, malditos perros, me mataron al chavalo”, dijo una tía.

Era un joven farándula, como lo describe su padre, popular y alegre, de 17 años, que era tenor en una comparsa y estaba a punto de bachillerarse. A un año del estallido de abril, Richard es recordado como un héroe, el primer estudiante  asesinado por la dictadura Ortega-Murillo.

Dos jovenes velándose al mismo tiempo en Tipitapa

Casi 24 horas después de haber fallecido Richard, el asedio policial en Tipitapa continuaba, y mientras él estaba siendo velado en su casita, Hammer García, junto a su hermana, va a despedirse de él. Se conocían porque compartían el mismo placer de tocar en comparsas.

Cuando los dos hermanos regresan a su casa, Hammer, de 19 años, que estudiaba ingeniería electrónica, y ya trabajaba, vuelve a salir para visitar a su novia, a sabiendas del riesgo de andar en la calle. No tardó mucho.

En su camino de regreso a casa por segunda vez, vestía una camiseta azul deportiva, un pantalón del mismo color, y llevaba una mochila rosada en la que su novia le empacó unas cosas.

Hammer se encuentra con dos amigos que iban a tratar de impedir que quemaran el mercado y la iglesia católica, con el padre dentro, según le dijo uno de ellos.

Se fueron en apoyo al sacerdote católico. Luego, cuando les avisan que los antimotines vienen en camino, intentan esconderse. Sin embargo, Hammer es capturado a las 9:55 de la noche. Lo golpearon, le quebraron sus dientes, y directo al pulmón uno de esos hombres vestido de negro y sin escrúpulos le pegó un escopetazo. Lo mató. Después de haberlo dejado tirado, la misma Policía lo recoge y lo traslada al hospitalito de Tipitapa.

Ya perdimos el miedo

El reloj marca las 10:30 de la mañana, y una tía de  Hammer, llamada Anielka, tras ser informada por teléfono que su sobrino estaba herido en el hospital, fue a verlo. Mientras viajaba, deseaba que la mototaxi volara. Al llegar, sorpresivamente se encuentra a una prima quien trabajaba para el gobierno. Entonces comenzó a gestionar el certificado de defunción.

Anielka anhelaba que Hammer solo estuviese herido, pero entonces una hermana de él la llama y le dice: “Tía, lo mataron, era él, era Hammer”. Eso le provoca más ansiedad por ver a su sobrino.

En una sala, dentro  de una bolsa negra, estaba el cuerpo de Hammer: “Yo rompí esa bolsa”, dice Anielka, llorando. “Y vi como lo habían rajado, yo gritaba: “Mi niño no es perro, ¿Por qué me lo tienen así?”

Cuando declara para “Expediente Público”, da la casualidad que Anielka usa el mismo vestido que tenía en ese momento trágico. “Solo Dios sabe cuándo lo voy a superar”, se lamenta entre lágrimas.

Ha transcurrido un año de dolor para don Carlos Pavón, padre de Richard, y Anielka García, tía de Hammer. Sin embargo pueden decir con mucho coraje: “Nosotros ya perdimos el miedo”.


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