La crisis política que vive Nicaragua ha impactado tanto que muchos de sus ciudadanos nunca imaginaron retornar a viejas prácticas del pasado: recurrir al anonimato, a los seudónimos y al abandono de su tierra por puntos ciegos para cruzar la frontera, ya sea con Costa Rica o con Honduras. Son los relatos de los «desplazados» nicaragüenses a quienes la vida les cambió de soplo.

Bordeando montañas y veredas para no ser detectado por la policía, a fin de encontrar los puntos ciegos que le conectaran con la frontera entre Honduras y Nicaragua, así llegó Óscar, un periodista que ahora, en vez de usar su nombre propio, ha optado por un seudónimo, por seguridad y porque su vida ha estado en riesgo. La autoridad le persigue por sus ideas.

«Llegué a Honduras pasando por puntos ciegos, decidí salir cuando sentí que estaban cerca de mí y mi familia,  ya no tenía donde esconderme», relata a Expediente Público este joven periodista de 25 años de edad, que nunca imaginó dejar su hogar y su país porque se había vuelto objeto de interés de los cuerpos paramilitares del gobierno del presidente Ortega.

«Soy de un municipio del norte del país y  hemos sido opositores al régimen de Ortega, incluso desde antes que el llegará al poder; entonces, como en los pueblos todos se conocen, ya sabían dónde vivía y las labores que realizaba mi familia. Siempre nos involucramos en temas políticos desde la oposición», aseveró. 

Óscar relata que él dirigía un programa en una radio opositora al gobierno y al comenzar la crisis política, la administración de Ortega tomó represalias en su contra y de su familia.

Dijo que nunca pensó en la posibilidad de salir de su país, pero  cuando comenzaron arrestar a mucho de sus amigos cercanos y a asesinar a personas que conoció durante las manifestaciones, creció su miedo y  tomó la determinación de dejar su patria.

«Me tocó ver gente morir. Hubo mucha persecución, ni siquiera podías estar en tu casa ni en un centro comercial o restaurante porque de alguna manera te seguían. En mi caso, me tuve que mover por diferentes lados, en casas de seguridad, casas de amigos. No podía dormir una semana en una casa porque me tenía que ir a otra y así andaban muchos amigos y colegas, en especial  las personas que eran la imagen de la lucha», recuerda.

Nicaragua, la de sus sueños y anhelos, cambió en abril de 2018. Eso fue el 18 de abril para ser más exactos, cuando el gobierno de Ortega aprobó una reforma al sistema de pensiones del Instituto Nicaragüense de Seguridad Social que elevaba los techos del 19 al 21 por ciento el aporte patronal al régimen de seguridad integral que abarcaba los regímenes de invalidez, vejez, muerte, maternidad, entre otros. El aumento a la cotización de techos sería gradual. El gobierno justificó la acción bajo el argumento que necesitaban «estabilizar» el instituto de seguridad social-

Pero ello fue la gota que derramó el vaso. El estallido y las protestas no se hicieron esperar y la luna de miel entre el gobierno y los empresarios avizoraba su fin. El presidente Ortega anunció, ante las protestas y reclamos empresariales que revocaba la medida, llamó a un diálogo pero la crisis iniciada fue irreversible, pues el régimen sandinista endurecía sus medidas de contención a las manifestaciones  y a la incomodidad del pueblo por la corrupción que empezó a aflorar precisamente por la calamitosa condición en que se encontraba el instituto de seguridad social.

La gente salió  a las calles a pedir la renuncia de Ortega y nuevas elecciones. La represión ha sido brutal, según los grupos humanitarios y misiones internacionales especializadas en crisis políticas y violaciones a los derechos humanos.

De acuerdo a Óscar, «cuando sentí que andaban cerca, tuve que salir junto a mi familia. Ellos salieron primero Y están en Costa Rica. Yo me vine a Honduras, aquí estaban unos amigos,  era lo más cerca y barato. Nunca me imaginé venir a Honduras pero había que salir sí o sí».

Según los relatos de Oscar, paramilitares llegaron más de siete veces a su casa buscándole junto a su familia: «Le decían a las personas de mi pueblo que me comunicaran que dejara de hablar mierda en la radio, si no me iban a matar».

Oscar y toda su familia se suman a los miles de nicaragüenses que huyeron de su país para resguardar su integridad física. Según medios internacionales al menos 40,000 mil nicaragüenses han salido al exilio.

Control sistemático

Salir de Nicaragua en esas condiciones, no es fácil. El joven periodista explica que en cada municipio existe un fuerte control del partido de gobierno: el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), quienes manejan una lista de las personas que no son afines al gobierno, mantienen el control con operadores políticos en cada barrio donde vigilan a las personas opositoras, a qué hora ingresan o salen de su casa.

«A dos casas de la nuestra, teníamos a un paramilitar que tomaba fotos de quien salía y entraba a la casa. Atrás de mi casa hay una CPC (Consejo del Poder Ciudadano), una especie de sede que nosotros le llamamos «sapos» y son los operadores políticos del partido de gobierno»

Los controles son tantos que si un ciudadano es perseguido por el gobierno y va a consulta un centro de salud, la policía llega al sitio a arrestarlo. Así de fuerte la situación, asegura.

En el caso de los periodistas,  el Movimiento Periodistas y Comunicadores Independientes de Nicaragua, desde abril del 2018 a la fecha se ha registrado al menos 55 periodistas exiliados, otros están en prisión como es el caso de los periodistas de 100% Noticias, Miguel Mora y Lucía Pineda, confinados en una prisión de máxima seguridad por sus ideas y críticas al gobierno. También se registra un periodista asesinado.

Un Informe presentado por el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI), destaca que entre el 18 de abril al 30 de mayo de 2018, Nicaragua registraba cerca de 109 muertes, en su mayoría por armas de fuego. Las cifras a lo que va de este año han aumentado—un poco más de 560 muertes-- y un Informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) considera que en Nicaragua se han cometido crímenes de lesa humanidad.

Esa virulencia en Nicaragua, es según Óscar, una señal de que el régimen de Ortega perdió el rumbo de las cosas y se ha aferrado a retener el poder a fuego y sangre.

«Se habla de una inminente guerra civil, lo que todo mundo teme, creo que Daniel Ortega a esa vía está apostando, porque él ya tiene experiencia en conflictos bélicos, Daniel dirigió y fue el incitador de la guerra civil de la década de los 80s».

«Ortega y su esposa están enfermas de poder. Daniel Ortega es una persona que no entiende de diálogo y no está en la política, no es una persona civilizada, lo ha demostrado en la historia; Daniel no está en la política desde ayer», señala el periodista radicado ahora en Honduras, al recordar el papel del otrora comandante de la revolución sandinista que hizo soñar con un mejor país a los nicaragüenses.

Hoy, décadas después de esa gesta histórica que fascinó al mundo, Daniel Ortega y su régimen sandinista han mostrado que tanto tiempo en el poder les desgastó, que la corrupción permeó la revolución y que su régimen se deshoja de tal forma que hoy enfrenta severas sanciones por parte de Estados Unidos y la Unión Europea que le han llevado a proponer la salida de los presos políticos de las cárceles en un plazo de tres meses a cambio que suspendan las sanciones.

Sobrevivir

Pero esas promesas son difíciles de creer para don Manuel, otra de las víctimas de desplazamiento forzoso que ha optado por usar ese seudónimo. Tiene 50 años y tenía una empresa de consultorías financieras, pero al igual que Óscar, el periodista, tuvo que huir de su país y venirse a Honduras.

De joven fue un simpatizante de los sandinistas, pero «cuando conviví con los sandinistas me di cuenta que no era lo que promulgaran, miré como se iban enriqueciendo y cómo engañaban al pueblo, fue algo que no me gustó, también se apropiaban de los bienes de las otras personas de manera fraudulenta y eso me llevó a apartarme de ese proyecto y alejarme de ellos, los sandinistas».

Don Manuel, siempre se preguntaba él porque sus compatriotas no se manifestaban y no realizaban cosas diferentes en contra del gobierno y el mismo se respondía que la población tenía mucho miedo, dado el férreo control institucional y territorial que han tenido los sandinistas.

Su participación en la política no fue de militancia activa, pero sí simpatizaba con aquellos partidos políticos que podían hacer un contrapeso al sandinismo. Dice que la actual crisis política es la más grande que registra desde que tiene uso de razón y que junto a su hijo decidió apoyar las marchas de protesta obteniendo víveres y medicamentos para ayudar a las víctimas de la represión.

Don Manuel obtuvo cuando estuvo con los sandinistas, cierta formación militar y ello le sirvió para apoyar y organizar los llamados «tranques» o barricadas, usadas en las diferentes protestas contra el gobierno a nivel nacional. Más de una ocasión se salvó de la muerte junto a algunos de sus compañeros que participaron de la toma y protestas.

Don Manuel, relata, que en el tranque donde él estuvo circulaban diariamente entre 300 a 500 personas y recuerda que tenían que andar consiguiendo alimentos para todas esas personas: «nos tocaba andar pidiendo para comida, nos apoyaron varias empresas y productores, porque reconocían que no había nadie de ningún partido sino que era una lucha del pueblo que se estaba manifestando».

«En el mes de junio se levantan todas las barricadas y al levantarse yo comienzo a trabajar para ser más organizados. En León, hubo aproximadamente 422 barricadas, en todos los barrios y colonias ».  

Don Manuel entró así a una vida casi clandestina, al organizar  diversas barricadas, apoyándolas en la estrategia de ubicación. Detalla que las barricadas se hicieron con el objetivo de protegerse de los paramilitares que pasaban disparando en carros de lujos.

«Comencé a organizar a toda la gente que venía de los tranques de Chinandega y a darles ubicación. Nos  organizamos para evitar que nos atacaran, comenzamos a hacer bombas molotov, íbamos a los equipos defensa con lo que contábamos y distribuíamos en algunas barricadas morteros para la lucha», aseguró.

Pero el 10 de julio cambió todo para Don Manuel, se enteró que lo andaban buscando «llegaban al barrio personas que nadie conocía preguntando por mí, a mi esposa le dijeron que andaba gente desconocida haciendo preguntas. Identifiqué a esas personas y cambié mi rutina. No llegaba temprano a casa, sino por la noche, luego me moví a otros lugares».

El 15 de julio, don Manuel es capturado por paramilitares cuando andaba con otra persona en Managua, la capital nicaragüense. Tuvo suerte—asegura-- porque en su celular no cargaba información importante, solo andaba un texto de un escrito que hacía referencia a un «Golpe suave», y los paramilitares le acusaron  de ser un  «coordinador», pero la persona que le acompañaba al momento de la captura, tenía un pariente en la policía con influencia en los altos manos y fue así como los dejaron en libertad.

El 25 de julio tomó la decisión de dejar Nicaragua pues la persecución de los cuerpos de seguridad paraestatales se intensificó e ingresa a Honduras por puntos ciegos el 10 de agosto de 2018.

« Al día siguiente que ingresé a Hondura, capturaron al tío de mi amigo y éste le comunicó que me tenían en una lista y que si me capturaban, me darían entre 17 a 20 años de prisión. Otras informaciones me indicaban que querían desaparecerme, al menos eso comentó un efectivo de la policía».

Entre los planes de don Manuel está volver a Nicaragua, pero advierte que en la actual coyuntura, la situación es difícil, pues la autoridad tiene el poder y las armas; ellos solo las ganas de un cambio para buscar el país que un día les vendieron los sandinistas, pero se desdibujó en el camino. ¿Cómo regresar a enfrentar a un efectivo del orden que tiene un arma AK-47 o un rifle M-16?, se pregunta.

«No estoy hablando que no se puede,  claro que se puede, pero las probabilidades de salir muertos son muchas», dice en forma tajante.

¿Salida de la crisis?

La salida a la crisis política no es tan clara para don Manuel, que al igual que Óscar y otros tantos nicaragüenses, avizoran dentro de los peores escenarios el entrar a una guerra civil, dolorosa que dejaría muchas bajas.

De momento, las negociaciones se encuentran estancadas, pues el anuncio de Ortega de liberar los presos políticos ha entrado en contradicciones al denunciar la oposición política que persiste la política de hostigamiento y persecución, que la voluntad política no es tan real y que Daniel Ortega se resiste a adelantar las elecciones como una de las salidas más viables a la crisis.

Tampoco acepta investigar los crímenes y en ese estira y encoge, la oposición aglutinada en la llamada Alianza Cívica ha sido clara en que presionará porque se cumplan los acuerdos parciales de liberación de los presos políticos y el retorno de libertades conculcadas. Mientras, el éxodo de nicaragüenses hacia Honduras sigue siendo silencioso, pero dinámico, como lo fue en el pasado, en la llamada década de los ochenta, cuando Centroamérica estaba al fragor de la doctrina de seguridad nacional.


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