Mientras habla retuerce un pañuelo entre sus manos, se limpia la cara constantemente y en ciertos momentos, se seca alguna lágrima. Se trata de Cándida. Es una mujer mayor, con un poco más de 60 años, está jubilada y sufre los achaques de la edad y los que le toca cargar por los largos y agotadores años como operaria en una fábrica de maquila.

Las lágrimas que de vez en cuando se les escapan son por su hija, una maestra de escuela pública en Choloma que emigró a España, huyendo de las pandillas y de la violencia.

Isabel, su hija, decidió hacerse maestra y después de estudiar magisterio la ubicaron en la escuela pública en el barrio cercano a su casa, una zona pobre y medio abandonada de Choloma. Allí se dio cuenta que varias adolescentes de la escuela eran acosadas por jóvenes mareros. Las querían para ellos, sus novias, según decían. Las jóvenes tenían temor y por supuesto no querían aceptar las propuestas de noviazgo.

Los mareros comenzaron a esperarlas a la salida del colegio, las seguían y las amenazaron con agredir o asesinar a sus familias si no aceptaban. Isabel decidió enfrentarlos. Un día les habló, les dijo que no molestaran, que las chicas no querían nada con ellos. Eso fue suficiente.

Una noche, mientras Cándida e Isabel descansaban en su casa luego de una larga jornada de trabajo, una lluvia de piedras cayó sobre el techo. Al día siguiente, los mareros le enviaron una nota a la escuela diciéndole que se cuidara y que no se metiera con ellos porque su familia iba a pagar las consecuencias. Durante varios días la persiguieron por todos lados, amenazándola. Su vida corría peligro y la decisión fue inevitable. Isabel se tuvo que ir del país. Vive en Europa desde hace varios años, trabaja duro. No puede regresar a su barrio y ver a su familia. Lo que gana no alcanza para que su mamá vaya a visitarla. Cándida la extraña todos los días.

Bajo el control de las pandillas

Carmen María vive en un barrio marginal de Choloma. Cuenta que ese barrio está lleno de jóvenes, hombres y mujeres; todos viven en condiciones difíciles y las oportunidades de inserción social y económica son mínimas. Una mara controla la vida del barrio y sus habitantes. Ellos deciden quién entra y sale, qué negocios se pueden instalar, qué servicio de transporte se puede brindar, cobran peaje y funcionan como una autoridad. La gente del barrio les tiene miedo y generalmente aceptan sus condiciones.

Muchas jóvenes del barrio cuando crecen van al mercado de la localidad a buscar trabajo. Las que tienen suerte se colocan como dependientas en las tiendas. Los pandilleros acostumbran a deambular en los alrededores y cuando ven a una joven que les gusta, se acercan, las persiguen, las acosa e intimidan hasta que acceden a convertirse en sus novias. Muchas de ellas terminan aceptando por temor. Las que se han atrevido a rechazarlos sufrieron abusos sexuales, violaciones colectivas, agresiones físicas y agresiones a sus familias. Algunas de ellas lograron escapar y han huido a otros países. Otras han tenido menos suerte y se han visto obligadas a convertirse en las novias o las parejas de los mareros.

El consentimiento forzado, no las ha salvado. Justo al lado de la humilde vivienda de Carmen María vive una de esas parejas. Las agresiones físicas y la violencia psicológica es cosa de todos los días. La joven se convirtió en madre adolescente y su pequeño hijo se encuentra expuesto a esas y otras expresiones de violencia. No puede trabajar, su pareja es adicto a las drogas y al alcohol, y muchas veces ella tiene que salir a buscarlo. Eso sí, ninguno de los dos puede desobedecer las órdenes de la pandilla. El estado de sumisión es tal que la joven no puede ni conversar con Carmen María y desde el otro lado de la cerca, ella ve con ojos de horror el infierno en el que vive la joven sin poder hacer nada. Ayudarla es exponer su vida, la de su familia y la de la propia joven.

Huir, la última carta

La historia de Suyapa, otra de las víctimas, es contada por otras personas, pues ella tuvo que huir de Honduras y se encuentra escondida con otra identidad. Ella vivía en un barrio pobre de San Pedro Sula. Una muchacha normal que iba a clases todos los días hasta que un grupo de mareros comenzó a instalarse todos los días en una de las esquinas del barrio por donde pasaba para llegar a su casa.

Uno de ellos se fijó en ella. Poco tiempo después eran pareja y comenzó a frecuentar las actividades de la mara. Una noche, los «jefes» le ordenaron a su pareja dar una muestra de lealtad. Tenía que permitir una violación colectiva. Suyapa no pudo hacer nada y el ritual se repitió en numerosas ocasiones.

Tuvo dos hijos que creían bajo las dificultades del barrio. La pandilla confiaba en ella. En su presencia planificaban secuestros, extorsiones, robos, otras actividades delictivas y agresiones a otros pandilleros. En algunos casos se convirtió incluso en colaboradora.

Un día pensó que no quería seguir viviendo esa vida. Miró todas las posibilidades y no encontró escapatoria. Si los pandilleros se enteraban de sus planes, tenía la muerte asegurada. La salida fue audaz.

Poco a poco reunió dinero, cuando tuvo suficiente, buscó a una persona de su barrio y le contó que se quería ir. No fue fácil, la persona a la que se acercó no le creía, tenía dudas y en algún momento pensó en avisar a la policía. Finalmente accedió a ayudarla. Suyapa pasó varios días escondiendo sus planes, tenía que conseguir documentos falsos, organizar el traslado y, sobre todo, tener cuidado que no la descubrieran. Cuando ya todo estaba listo, un día, en un momento de descuido, tomó el dinero, a sus hijos y se largó.


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